El progreso 2

El plan inicial era caminar hasta la oficina. El cielo nublado y la advertencia de pequeñas gotas de lluvia me hicieron reconsiderar y acercarme a la parada de camión más cercana, a tan sólo media cuadra de mi casa. Me dispuse allí a esperar un progreso 2. En esa esquina empezó la aventura de esta mañana.

Esperando el camión estaba también un grupo de personas pertenecientes a pueblos originarios, el único varón, un muchacho como de unos 25 años se me acercó para preguntar si está ruta pasaba por la plaza de la música.

Con el cubrebocas por debajo de la barbilla, el muchacho comía nanchis con una habilidad que yo nunca había visto. Como si fuera un hábil malabarista los lanzaba con su mano izquierda desde la altura de su abdomen y caían en su boca sin el mayor esfuerzo, 3 segundos después, arrojaba los huesos completamente limpios, negros ellos, se perdían en la negrura del pavimento mojado.

Después de 10 minutos se asomó el imponente camión. Les cedí el paso y subieron con celeridad diciendo cosas que no entendí, pues hablaban su lengua. Por las risas, entendí que iban de buen humor. La estrechez del pasillo central y lo estorboso de mi maletín me hicieron golpear a dos pasajeros que voltearon a verme con furia. Apenado, sin quitarme los audífonos, pero con la certeza de que les había incomodado, les ofrecí unas tímidas disculpas y me apresuré a buscar asiento en la parte de atrás. Un agresivo acelerón y lo que estoy seguro fue un tope, me hicieron saltar y golpear a otro pasajero más en mi intento por mantenerme en pie y con la dignidad a salvo. Nuevamente ofrecí disculpas.

Por encima de los audífonos escuchaba a una perorata. Era un señor ya mayor que venía hablando por teléfono dos hileras de asiento atrás de mí. Al otear un poco, me fijé que usaba sobrero con una plumita morada sobre el ala y no despegaba un cacahuatito rojo de su oreja derecha. Sin querer, todos los pasajeros nos dimos cuenta de que tiene un problema de herencias con un hermano suyo al que maltrataba constantemente para inmediatamente pedir perdón a la memoria de la madre de ambos. En los asientos de al frente, el muchacho que me topé en la parada de autobuses seguía masticando nanchis y lanzando ahora los huesitos al pasillo, pero ello no impedía que le mostrara cariño a su pareja, una joven vestida con colorida ropa a la que abrazaba y besaba constantemente.

Al llegar al cruce de Victoria y México, todos volteamos la mirada al lado izquierdo para ver ese montón de escombros que hasta hace no mucho era un mercado olvidado sí, pero que todavía servía de sustento para algunas familias. El camión avanzó pronto. El grupo de personas de pueblos originarios bajaron en la avenida proyecto y allí mismo subió una muchacha que intercambio algunas palabras con el conductor y luego se parapetó al frente del pasillo y puso música en una bocinita de mano que, en honor a la verdad, tenía muy buen sonido.

Sin decirnos nada, la muchacha comenzó a cantar “mi corazón encantado”, el opening de Dragon Ball GT. De todas las cosas que puedo imaginar, a una chava cantando en el camión la música de Dragon Ball no era una de ellas. Debo confesar que me emocioné y en seguida retiré mis audífonos y metí la mano a la bolsa para darle a aquella artista las monedas que tuviera disponibles.

No sólo fue la voz de la muchacha, sino el sentimiento que le puso a esa canción y a las que le siguieron, lo que provocó que decidiera bajar unas paradas más de donde me tocaba.

¿Qué es lo peor que podía pasar? Ya había dejado de llover y era el pretexto ideal para caminar un poco hasta la oficina.

La joven y yo bajamos en la misma parada, la felicité por su selección de canciones y ella se quedó a esperar otro camión dónde mostrar su talento, yo seguí por la Veracruz para dirigirme hasta el centro. Una lluvia persistente me obligó a guarecerme bajo una marquesina para evitar mojar mi computadora y fue allí desde donde pude escribir esta modesta aventura en un progreso 2.

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