Las redes sociales, un fracaso comunicativo

El dialogo es fundamental para que el progreso humano llegue a todas las personas. Un dialogo respetuoso, equilibrado, amplio, sin fanatismos. Sin fanáticos, tampoco, ni entre tirios ni entre troyanos.

La comunicación entre personas es sin duda un campo de estudio tan vasto como interesante. Una parte de esa comunicación es ajena a lo verbal: se trata de sub campos como la comunicación conductual, tonal, contextual, de apariencia, y hasta el de las huellas de comportamiento a las que se refiere David Matsumoto. Algunos estudios plantean que la comunicación verbal representa menos de un 10 por ciento de la forma en que se comunican las personas.

Lo anterior significa que las personas tienen en el lenguaje un recurso que reduce su capacidad de comunicar algo. No es lo mismo hablar de frío en un contexto tropical que en el ártico. Una persona que habla de pobreza en un contexto de opulencia, es interpretada en sus palabras de manera diferente si lo hace en un escenario de miseria y hambre extremas y evidentes. No es lo mismo pronunciar una frase de manera plana que de manera furiosa, triste, irónica o alegre. Puede ser que los sentimientos de una persona, sean expresados sin palabras.

Todo lo anterior significa que la comunicación entre personas, si se atiene solamente a la vertiente verbal, sacrifica más del 90 por ciento de su capacidad. Cuando se opta por emitir mensajes verbales vía redes sociales (audio y video), se logra recuperar un poco el volumen de datos que se le ofrecen a la audiencia. De lo verbal, en las redes sociales se transita a la comunicación escrita.

Cuando se opta por compartir por escrito un mensaje, todo se complica. La capacidad de comunicar por escrito se reduce al dominio de la escritura de la persona. Es de todos sabido que en el país tenemos deficiencias en materia de matemáticas y lectoescritura. Esas deficiencias se manifiestan cuando una persona intenta comunicarse por escrito en las redes sociales.

No pasa casi nada cuando son deficientes los mensajes que emite una persona, si el tema se relaciona con asuntos domésticos, triviales o recreativos. Todo se complica cuando se trata de emitir opiniones políticas, sobre religión o en general, asuntos públicos. Veamos un ejemplo altamente revelador.Hace unos días, la columnista de «The Washington Post», Megan McArdle, titulaba una de sus colaboraciones de manera sugerente: “Las instituciones importantes deben sacar a sus empleados de Twitter” (21 de enero, 2021). Se refería al caso de “Will Wilkinson, vicepresidente de políticas del Centro Niskanen”, quien habría “tuiteado” un “chiste muy desatinado”: “Si Biden en realidad quisiera unidad, lincharía a Mike Pence”. Eso ocurrió por la mañana del 21 de enero y por la noche de ese mismo día, el directivo ya era ex directivo: había sido dado de baja de la mencionada institución.

Uno debe suponer que Wilkinson no hizo un llamado en serio para asesinar al ex vicepresidente de los Estados Unidos. Fue, suponemos, una broma de mal gusto, de pésimo gusto, pero broma. Este tipo de mensajes (de tuits), son muy comunes en redes sociales. También ocasionan una multitud de reacciones, pero generalmente se encajonan en dos grandes campos: la furia o la simpatía. La periodista concluye que lo que ocurre en esa red social, “se asemeja al famoso duelo en el que todos tienen una pistola cargada apuntando a la cabeza de otra persona”.

Hay razones diversas para que eso ocurra de esa manera. Una de esas razones es que las personas no suelen ser expertas ni en escritura ni en lectura. Lo que ocurre en redes sociales es consecuencia de que unos no son expertos en comunicación escrita y otros no lo son en la lectura. Unos dicen lo que pueden y otros entienden lo que pueden y quieren.

Es perceptible la respuesta de quórum que se suele registrar en las redes sociales. Esto es, la aglutinación de personas que reaccionan de la misma manera ante un evento. El mismo día en que McArdle publica su columna, en «El Universal», el Maestro José Woldenberg alude a un experimento realizado por Cass R. Sunstein. Conviene dar lectura al comentario de Woldenberg y más leer el texto de Sunstein. Aquí solamente comparto una de sus conclusiones: “Convencidos y cohesionados, conformes con ellos mismos, los fanáticos desprecian a quienes no comparten su fervor y fe”. ¿Quiénes son esos fanáticos?

Los fanáticos están en todos lados, frente a uno y a un lado de uno. Naturalmente, uno quiere ver fanáticos en los que están frente a uno, y los que están al lado de uno, son prudentes, sensatos, equilibrados, aun cuando el fanatismo sea más exacerbado que el fanatismo de los que están frente a uno.

Los que están frente a uno, los que no coinciden con nuestras opiniones, suelen ser considerados como “enemigos”. Esos “enemigos” son fanáticos; los amigos no son fanáticos, pues coinciden con nosotros. Esa es una trampa en la que se cae generalmente, y una trampa en la que cualquiera puede caer.Cierto es que la rosa de papel, es natural en su mundo de papel. Nos dice Sartre que la mala fe también es fe. Eso confunde a quienes hablan de fanatismos, pues en quienes disienten de nuestra forma de pensar, colocamos letras escarlatas para estar en condiciones de condenarlos al fuego eterno. La comunicación basada en el simplismo lo empeora todo, pues reduce los niveles de razonamiento y exacerba los posicionamientos.

De lo anterior podemos colegir que la comunicación compleja es fundamental para reducir los fanatismos. Esos fanatismos provocan la aparición de hordas: ¿esas “hordas” están solamente entre nuestros “enemigos”? No: definitivamente no, pues las hordas se reproducen en el escenario del fracaso del razonamiento.

El razonamiento no puede darse en un “tuitazo”. Ni Cervantes, ni Mishima, o Shakespeare, ni Sófocles, Esquilo o Bashō con sus haikús, podrían haber hecho una obra monumental en las redes sociales. Ahí, en las redes sociales, lo que se observa son posicionamientos, no exploración del pensamiento. Para colmo, la comunicación impersonal reduce las posibilidades para que las personas puedan entenderse. Por eso, el simplismo, pariente de las generalizaciones, avanza de manera furiosa y solamente la comunicación intensa, cuantitativamente explosiva y razonablemente implosiva, puede exorcizar el conflicto. Hablando, y por tanto, escuchando, se entiende la gente.

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